miércoles, 30 de mayo de 2012

El desatino del monzón


Finalmente llega el día, es lunes y hoy digo adiós a Roxana. Tengo que confesar que se me va a hacer extraño no verla ni conducirla durante un mes. Vanessa volvió ayer a Koh Tao en lo que fue otra sentida despedida, una pequeña muerte más en el camino hacia uno mismo.
Por lo que se refiere a mi, volaré hacia Bangladesh al día siguiente.

Toca madrugar, he quedado con los chicos de Thompson a las 9 de la mañana. A esa hora el calor ya aprieta en Bangkok como si fuera mediodía, además de ser hora punta, convirtiendo el tráfico en una auténtica locura. Salgo con tiempo y por el camino encuentro un par de tiendas de recambios dónde consigo comprar unas cámaras de repuesto. Poco a poco voy haciéndome con todo lo necesario para completar un pequeño kit de reparación.
Una vez en Thompson toca vaciar la moto de combustible, cosa que ya suponía, pero lo que no imaginé era que había que sacar también el aceite. Justo un par de días antes compré una garrafa entera y se lo cambié, pensando que me quedaba tranquilo durante los próximos 10.000 kilómetros. Bien, que le vamos a hacer...
Desmonto el portaequipajes y les pregunto si quieren sacar el manillar y la rueda delantera. Me comentan que no, que no hace falta porqué no ganaremos mucho y cerraremos la caja en dos metros cúbicos. Respiro más tranquilo, no había manera de meterla en un metro así que puestos a pagar, prefiero dejar la rueda y el manillar para evitar problemas.
Les dejo trabajando en la caja, pues ya no puedo hacer mucho más y me dirijo a un mercado de herramientas que me han aconsejado. Debo comprar todo lo necesario y volver antes de que la cierren. De otra manera tendría que llevarlo conmigo a Bangladesh, dónde me dirigiré en avión para hacer las camisetas.
Después de perderme durante un par de horas por la ciudad, encuentro el ansiado mercado.
¡Es como si se tratara de un sueño hecho realidad! Durante días había intentado comprar un montón de cosas sin encontrarlas, volviéndome loco, sin conseguir entenderme con los locales...
Aquí está todo; La bomba de aire, el cable del gas, el del embrague, tornillos y tuercas de repuesto, llaves fijas... Todo lo que Roxana puede necesitar durante el trayecto.

Como un desconocido y sabroso curry blanco y después de volver al hotel a descansar un poco regreso a Petchaburi road.










Encuentro a Roxana completamente empaquetada, enjaulada como si se tratará de una fiera indomable y no puedo evitar pensar en los caballos mongoles, a lomos de los cuales Gengis Khan y su ejercito conquistaron medio mundo.
Colocamos los bultos que quedan y me dispongo a pagar. Una vez más llega la sorpresa. Con ya todo hecho me dicen que en lugar de dos metros cúbicos, la caja hace casi tres. Les comento que el precio estaba fijado y que por eso acepté. Además no llevo más dinero que el que me habían presupuestado. Después de negociar durante un rato, la mujer se aviene a hacerme un descuento, especial según ella. Al final la factura sólo sube 580 Baths más, lo que vienen a ser 11 Euros. Los pago gustoso, a sabiendas de que sin su mediación hubiera sido imposible realizar la gestión. La siguiente sorpresa es que no puedo dejar la ciudad como mínimo hasta el jueves, por si las autoridades portuarias reclamaran mi presencia y tuviera que mostrarles la documentación.
Vuelvo a Khaosan para cambiar el billete, viéndolo como un mal menor, un tiempo extra en la ciudad me servirá para vender más pegatinas y difundir el proyecto.

Paso unos días relajados, haciendo mi nuevo trabajo por las tardes y entrenando otra vez por las mañanas. Volver al karate me da fuerza mental y un mayor vigor físico. Además paso muy buenos ratos con Rocío, Rainny y todos sus amigos, a quienes conocí hace apenas unos días. Rocío es una chica tailandesa que estudió español en la universidad. Trabaja de guía turística para hispanohablantes y en ella descubro una gran amante de todo lo relacionado con México.
Pero nada dura eternamente y la policía acaba vetando mi pequeño puestecito así como el del resto de los compañeros que venden artesanía, parece ser que debido a las quejas de algunos comercios adyacentes. Es una verdadera pena, pues se había forjado un grupo bonito de gente con los que intercambiar conocimientos, sensaciones y sueños.

El día antes de partir me entero que Oscar, el contacto que me pasó Anna en Bangladesh, ha tenido que salir para Hong Kong. No regresará hasta el 29, así que toca cambiar el vuelo otra vez... Parece ser que alguna fuerza misteriosa no me deja abandonar Bangkok.
Decido variar mi rutina debido a que por las tardes ya no puedo trabajar. Ahora me centraré en el blog por la mañana y entrenaré por la tarde, intentando no derrochar demasiado dinero, si es que eso es posible en Khaosan Road.

Veintinueve de mayo, ya no puedo demorarme más, el visado expira hoy y además económicamente estoy entrando en crisis. Me voy a Bangladesh con lo justo para las camisetas, esperando que la gente las reciba con entusiasmo y puedan aportarme un capital que necesito como agua de mayo.

Y hablando de agua, el cielo se tiñe de gris para despedirme. Llueve, y parece que no quiere parar, que el monzón ya está aquí, justo el día de mi partida... Me alegra porqué siempre me gustó la lluvia. Sonrío, me mojo, me empapo, recibiéndola como una bendición, como un anhelado y ancestral rito de fertilidad que me hace sentir una vez más la pulsión asiática. Soy tremendamente feliz, aunque el caos creado me imposibilite despedirme de algunos amigos y casi perder el avión.

Justo antes de despegar un sentimiento agridulce se apodera de mi; Por un lado estoy contento de empezar un episodio más de esta pequeña Odisea, por otro me invade una profunda tristeza por toda la gente querida que dejo atrás. Han sido algo más de cuatro meses muy intensos a todos los niveles. Afortunadamente me llevo a muchos de ellos conmigo, ya sea a través del blog o del grupo de Facebook. Sé que siguen mis aventuras y me siento completamente arropado. Sin ninguna duda regresaré algún día.

¡Hasta pronto país de la gente sonriente!

jueves, 17 de mayo de 2012

Stickers

Otra vez en Bangkok
Esta mañana recogí el visado en la embajada india. Ante mi asombro, veo que me han concedido seis meses sin pedirlo, el doble de lo que preveía. Obviamente, el importe se ha multiplicado proporcionalmente. A media mañana, recibo un correo de Tomàs; De manera casual, rebuscando entre sus papeles ha encontrado la tarjeta de la compañía de cargo que ellos utilizaron para llevar las motos a Calcuta. Las cosas parece que arrancan otra vez, aunque cada vez me queda menos dinero y tengo que confesar que el asunto empieza a preocuparme. Por todo ello, no me queda otro remedio que asumir que si no quiero abortar el proyecto antes de empezar he de conseguir financiarme mientras dure el viaje.
Decido probar suerte y hacer unos adhesivos con el logotipo de la aventura. Primero pienso en venderlas a los amigos, y a la vez tener algo que ofrecer a las personas que me brinden cualquier tipo de ayuda. Una vez los tengo en la mano, decido salir a venderlos a la calle. Es una gran oportunidad para conocer gente, sobretodo durante la larga espera en Bangkok. Me acuesto un poco más relajado por todo ello y también más contento por ser capaz de tomar la iniciativa.

Al día siguiente, salimos con Vanessa y Roxana en busca de la agencia. Recorremos la ciudad de arriba a abajo en todos los sentidos y nada. Volvemos a la guesthouse exhaustos, con el convencimiento que lo intentamos y sin saber muy bien que hacer.

Después de comer, descanso un poco, pues el calor vuelve a ser insoportable. Hacia las siete de la tarde cogemos todos los bártulos y hacia Khaosan. Me he hecho con una mesita que encontré por la calle y también he confeccionado una especie de tablón en el que explico la aventura. Con todo ello espero llamar la atención de los transeúntes.



Vanessa me acompaña, se ha convertido en una ayuda esencial, tanto para el proyecto cómo para mi. Buscamos un sitio entre los centenares de paradas y puestos, y como no, los lugareños nos invitan a abandonar cada nuevo sitio con cualquier excusa.
Al final parece que podemos ubicarnos en un pequeño lugar, justo enfrente del Kentucky Fried Chicken. Montó el puestecito y voy a buscar a Roxana, pues me gusta que la gente pueda verla y comentar cosas sobre ella. Tal y como regreso surgen nuevos problemas. Un encargado del Kentucky ha salido y le ha dicho a Vanessa que no podemos estar allí. Dice que si no nos vamos inmediatamente llamará a la policía. Un contratiempo más y ya no sé que pensar. Invertí dinero en los adhesivos y compré algunas cosas para reparar la mesa y el tablero. El chico de la parada de al lado nos dice que volvamos a la doce de la noche, que es cuando el restaurante cierra y que podremos ponernos sin problemas. De todos modos, desconfío un poco de sus promesas, esta calle está muy solicitada. Dejo a Roxana atada, con la mesilla y algunas cosas y nos vamos andando con el tablero y los adhesivos.
A mitad del camino de vuelta al guesthouse, veo que algunos comerciantes recogen rápidamente sus mercancías y las sacan de la calle. Me pregunto que está pasando y mi no tardo mucho en descubrir la respuesta. La policía está pasando por toda la calle, con una furgoneta descubierta y confisca lo que le parece. A la vez, otro agente va poniendo multas por doquier. Dejo a Vanessa con todos los bártulos y corro hacia Roxana, sólo faltaría que se la llevaran o me pusieran una multa. Me la llevo de vuelta al aparcamiento y vuelvo con la calma. Desanimados, paseamos arriba y abajo, hasta la esquina en que se ubica la comisaria de policía. Sorprendentemente, allí quedan unos artesanos a quienes no han echado. Les pregunto cómo es posible y me cuentan que lo único que es delito es ocupar la calzada, que si te quedas en la acera no pueden decirte nada, inclusive delante de la comisaria. Esperanzado decido probar suerte y monto allí mismo el puestecito. No tardamos mucho en confraternizar con los diferentes artesanos y al rato surgen los primeros interesados. Vendo los adhesivos a 50 Baths, lo que viene a ser 1'10 Euros. Alguna gente le parece caro, otros lo compran, sabiendo que se llevan un pedazo de sueño. 
También he puesto una libreta, dónde los que no puedan colaborar con dinero escriban sus deseos. Ante mi asombro empiezo a recibir invitaciones de diferentes países, así como mensajes cargados de esperanza. Más relajado recuerdo que al final lo más hermoso es el contacto con la gente y que sin duda éste es uno de los propósitos del viaje.


Vendemos algunos adhesivos, no demasiados pero suficientes para pagar los gastos de manutención.
Mañana será otro día, otra lucha por seguir avanzando, un pasito más en éste recorrido vital que se está convirtiendo Bangkok-Barcelona.

martes, 15 de mayo de 2012

Kanchanaburi

Después de ocho días aquí en Bangkok, necesito moverme un poco. Han sido días de burocracia, intentando hacer todas las cosas bien, siguiendo todos los pasos aconsejados por viajeros expertos y asociaciones de conductores. Por el momento, aún estoy esperando la visa para entrar en India. Sobre el carné de pasaje, nadie parece poder decirme nada. Según algunos debo tramitarlo en España, a través del RACE. Según el RACE debo hacerlo en Tailandia. Otros aventureros dicen que simplemente no existe semejante carné en Asia. El permiso de conducir internacional parece ser que si es posible. Debo mandar copia de mis documentos a Barcelona, y mi representante allí se encargará de tramitarlo. Va a ser extremadamente lento, pero si alguna cosa tengo ahora es tiempo. 


Por lo demás voy haciendo pequeñas reparaciones a Roxana y familiarizándome con su mecánica. Las mayor parte de las empresas de cargo que he consultado para llevar la moto a Calcuta ni tan siquiera me contestan y las que lo hacen piden precios exorbitantes. Espero con ansia la respuesta del amigo Tomàs, mandándome el nombre de la compañía que ellos usaron hace ya unos cuatro o cinco años.


Vanessa ha venido a visitarme, con lo que sin duda se me hace más agradable la espera en Bangkok. Al cabo de unos días y coincidiendo con su aniversario decidimos salir a la carretera. Nos encaminamos hacia Kanchanaburi, en el extremo occidental del país, tocando a la frontera birmana.
Como no, la peor parte es la salida de Bangkok. Nos equivocamos de carretera y descubrimos que en Tailandia las motocicletas, por alta que sea su cilindrada no pueden circular por las autovías. La lección nos cuesta quinientos baths, en forma de soborno policial. Es el primero que pago desde que llegué aquí y aunque me parece un abuso, prefiero verlo como una experiencia más.
El universo en su danza cósmica nunca deja de mostrarnos los opuestos y la variedad de su interminable baraja y unos kilómetros más adelante nos encontramos al policía bueno, que nos rescata del enjambre de circunvalaciones y nos encamina en la dirección correcta. Al menos es lo que él cree. Al final volvemos a entrar a Bangkok, llevamos casi dos horas de camino, cerca de 80 kilómetros y aún no hemos conseguido salir de la ciudad. El calor y el humo es asfixiante. Ante tamaña contrariedad, decidimos cortar por lo sano y encaminarnos hacia Pet Kasem, que es la calle por la que entré una semana antes. La encontramos y decidimos seguirla hasta el final. Afortunadamente, nos saca de la ciudad y de la provincia, acercándonos un poco hasta nuestro destino.


Después de viajar durante casi tres horas, cruzamos otro límite provincial. La lluvia nos sorprende un poco antes de llegar. Lo que al principio era un alivio, pronto se convierte en un desafío más, que me sirve para comprobar como se comporta Roxana sobre mojado. La tormenta arrecia por lo que parammos tomar un batido en un pequeño bar de carretera, a unos 25 kilómetros de Kanchanaburi. Comprobamos una vez más que nadie habla inglés. Conseguimos entendernos con el matrimonio de mediana edad que regenta el establecimiento, entre sonrisas y signos. Mientras esperamos que pase la lluvia observamos la armoniosa cotidianidad de los lugareños y nos contagiamos de su buen humor.






Llegamos a Kanchanaburi ya caída la noche, sobre las 19:15 horas y encontramos un bungalow con cobertizo incluido para dejar la moto por sólo 200 baths, un poco más de cuatro euros. Nos duchamos, sacando una capa de hollín negro de la cara y salimos a comer algo. Nos duele todo el cuerpo, pero la frescor de la noche y el aire limpio actúan como un revitalizante y nos animan a pasear. Después de cenar, tomamos un par de cervezas mientras escuchamos a un entristecido guitarrista que hace versiones de temas conocidos. Finalmente caemos rendidos de sueño.


Al día siguiente nos levantamos cansados. Después de desayunar en el bar del hotel, nos disponemos a salir. Purgo los frenos de Roxana, después de rellenar los dos depósitos y nos dirigimos al Centro de Información Turística, pues en el hotel no han sabido indicarnos la dirección a seguir. Durante el trayecto descubro que el freno trasero funciona peor que antes, sin duda necesita ser purgado otra vez. Cómo es un poco tarde decido hacerlo a la vuelta, no queremos perder más tiempo. En la oficina turística descubrimos que la cascada grande se encuentra a unos 65 kilómetros, o sea que debemos darnos prisa si queremos aprovechar el día.
Mirando el mapa nos espera otra grata sorpresa; ¡El mítico puente sobre el rió Kwai se halla a sólo 6 kilómetros en la misma dirección! Decidimos hacer una excepción y parar a tomar unas fotografías. Como no podía ser de otra manera, el sitio se ha convertido es un reclamo turístico y aunque acerco a Roxana lo más que puedo al puente, me resulta imposible cruzarlo montado en ella.


El mítico puente sobre el rio
Roxana en el rio Kwai


























Proseguimos nuestro camino, que resulta ser más largo y tortuoso de lo que creímos. Al final, dos horas después llegamos a Erawen National Park. Pagamos 200 baths cada uno y 20 por la moto.
No quiero indignarme comentando la diferencia de precio existente entre locales y farangs. Para nuestra sorpresa, el parque cierra las puertas en poco más de dos horas, así que sin perder tiempo, nos dirigimos hacia el río. Desde el aparcamiento debemos andar casi quince minutos cuesta arriba pero la recompensa vale la pena, después de mucho tiempo conseguimos sumergimos en agua helada.
Las cascadas de Kanchanabury son mucho más grandes que las de Hua Hin, sus badenes llegan a cubrirte tranquilamente y se puede nadar en ellos. El agua está un poco más sucia y huele un poco, aunque es perfectamente soportable. Sus carpas no son tan inofensivas, quizás porqué aquí nadie compra bolsitas de comida para alimentarlas, así que cuando te acercas a la orilla te mordisquean el cuerpo, provocando los gritos y las risas de los atacados. 


El paraje es espectacular, el sitio fresco y armonioso, cuesta entender que siendo un parque nacional la gente tiré botellas y colillas por cualquier lugar. Ya hace muchos años que me percaté que los asiáticos no poseen ningún tipo de consciencia ecológica. Lo que antes me indignaba ahora me parece comprensible. Esta gente ha arrojado todos sus desechos al río durante milenios. Ahora que estos han dejado de ser orgánicos porqué los occidentales les vendimos las virtudes del plástico, simplemente siguen haciendo lo mismo que sus antepasados. Me congratulo de la suerte que tenemos al disfrutar de su hermosura, sabiendo que en pocos años la gran mayor parte de estos espacios habrán desaparecido.




Erawan waterfalls


Después de gozar al máximo del río y sus cascadas, nos disponemos a volver. Discutimos sobre si regresar de un tirón a la capital o hacer noche en el camino. Decidimos verlo sobre la marcha. Salimos al caer el sol, después de reparar el freno. Sería una locura aventurarse más allá de Kanchanaburi sin freno trasero. La primera hora y media de trayecto discurre en una calma y armonía imperturbables. La belleza del paisaje, sus árboles y sus montañas ganan con la luz del crepúsculo. Casi sin darnos cuenta nos encontramos a 100 kilómetros de Bangkok, así que después de repostar decidimos seguir. Son las ocho de la noche, así que definitivamente podemos cenar en la capital. Un poco más adelante me percato de que las luces de cruce se han fundido, así que debemos seguir con las largas. En éste país no es un inconveniente pues resulta habitual que muchos vehículos circulen con ellas sin ningún tipo de problema. A 50 kilómetros de Bangkok, su locura se hace patente. La carretera de desdobla, seis carriles, dos de ellos llenos de camiones, que se adelantan unos a otros como si fueran motos, soltando parte de su carga de tierra en la calzada. Los demás vehículos hacen lo propio, a velocidades de vértigo. Sin querer me contagio de su locura, como dice Vanessa, aquí somos carne de cañón y cuando antes lleguemos a casa mejor. Nos adentramos finalmente en la ciudad, aspirando una bocanada de aire caldeado e irrespirable. Aquí la locura se incrementa, en lugar de disminuir. Afortunadamente, conozco ya esta entrada y en poco más de cuarenta y cinco minutos estamos en Khaosan. Dejamos la moto, nos duchamos y vamos a cenar. Estamos reventados, han sido más de 500 kilómetros en dos días, pero ha valido la pena.

miércoles, 9 de mayo de 2012

Bangkok

Primer día en Bangkok. Me predispongo a pasar una larga jornada de embajadas y trámites. Debo solicitar la visa para India y asimismo visitar el consulado español para ver si pueden echarme una mano con el anhelado carné de pasaje. Sería interesante también conseguir el carné de conducir internacional, por si surge algún inconveniente durante el camino. 
Decido internarme en Bangkok con Roxana, para tener una experiencia real con el bullicio de la capital. El tráfico es aún peor que el de la noche. Más coches, más motos, más bicicletas, más de todo. Mención aparte los conductores de Tuk-Tuk. Cuando por fin me oriento y consigo llegar a Sukhumvit Road me doy cuenta de la manera particular de ordenar las calles que tienen aquí. La calle principal se subdivide en callecitas transversales llamadas Soi, lo que sin duda dificulta localizar cualquier número. Al fin encuentro el edificio de la embajada india. En la misma puerta me indican que los visados los expiden en otro edificio, unos números más abajo. Allí mismo conozco a Vito, una argentina que está dando la vuelta al mundo en solitario. Como vamos al mismo sitio me ofrezco a llevarla en la moto. 
Pronto encontramos el nuevo lugar, el Glas Haus Building, un edificio gigantesco con multitud de oficinas y embajadas. Subimos por un interminable ascensor y iniciamos el trámite. Como yo sólo venía informarme no llevo suficiente dinero, así que Vito me presta lo que necesito para realizar las gestiones. Durante la espera, aprovechamos para contarnos nuestras respectivas aventuras. La suya me parece una historia fascinante que sin duda merece todo mi respeto y mi apoyo. Nos damos las pertinentes direcciones y una vez saldada mi deuda nos despedimos deseándonos lo mejor para el camino. ¡Mis mejores deseos Vito y, adelante con tu sueño! 


Antes de volver al guesthouse, aún debo pasarme por nuestra embajada. Me muevo cada vez con mas soltura por el caótico tráfico y en menos de veinte minutos estoy en otro edifico interminable que se eleva hasta el cielo. Subo hasta la planta número quince, son la una y cuarto. Al llegar allí, una azafata servicial me indica que la embajada sólo abre de nueve a una y que al día siguiente estará cerrada por alguna festividad local. Por primera vez en mucho tiempo siento que estoy en casa.


video




martes, 8 de mayo de 2012

Hua Hin





Con las primas de Joy en Pala-U National Park





Pala-U Waterfalls

Con Cha Cha, la hija de Joy


lunes, 7 de mayo de 2012

Segunda etapa prólogo. Hua Hin-Bangkok.

Hoy me levanté en casa de Joy. Tras pasar tres días maravillosos en compañía de los suyos nos preparamos para partir. Sammer y ella van hasta Kanchanaburi, unas cuatro horas hacia el norte. Yo me desvió hacia Bangkok. Me cuentan que mi camino coincide con el suyo durante cien kilómetros, así que cargamos la moto en la pick up y salimos sobre las 11 de la mañana, después de ir al mercado de Hua Hin a buscar unos encargos para su madre. En la pick up se viaja genial. El asiento de atrás es pequeño, pero tiene aire acondicionado. Ponemos música y charlamos animadamente, pues son muchas las cosas que nos unen después de tres meses de convivencia en la isla. Ella está un poco desconcertada después de la ruptura con su marido, así que Sammer y yo la animamos en lo que podemos y recibimos su amor y gratitud. Nos cuenta que pararemos para comer en Ratchaburi, ciudad en la que vivió durante un par de años y dónde la esperan unas antiguas compañeras de trabajo.
Cuando llegamos nos dirigimos al mercado, donde las encontramos en una especie de porche gigantesco, rodeado de restaurantes. Como Joy y sus amigas tienen muchas que decirse y por supuesto hablan en thailandés, Sammer y yo nos damos una vuelta y la dejamos con ellas. Nos sentamos en una de las mesas que comparten entre todas las paradas del lugar. Tomamos dos american rice, que no son geniales, pero si realmente baratos. 35 baths cada uno. Una vez más no deja de sorprenderme la diferencia de precios existente en tan pocos kilómetros. 
Al cabo de una hora y cuarto reanudamos la marcha. Ya falta poco para llegar al cruce de caminos y Joy me advierte que me vaya preparando. Paramos en la cuneta y descargamos la moto y mis bolsas.

Joy, Sammer y Roxana.
Yo voy montando el portaequipajes, mientras ellos ubican sus maletas. Nos despedimos con abrazos, aunque es probable que nos volvamos a ver, pues ellos van a ir a la capital en tres o cuatro días. Compruebo otra vez la intensidad de los lazos que se crean en una isla. Nos deseamos buena suerte y parten, mientras yo me calzo y me preparo para el resto de la travesía. 

Son las 15:50 horas y me quedan unos ochenta y cinco kilómetros hasta la ciudad. El sol muerde como nunca, así que me pongo protección solar y chaqueta de manga larga. Prefiero sudar que acabar como una langosta. Una vez realizados todos los preparativos, parto sin más dilación. Bangkok me espera, con su polución galopante, con su tráfico enloquecido, con su ruido ensordecedor… 
La carretera está un poco más estropeada que en la región de Chumphon y mi adorado arcén lleno de plásticos, neumáticos y mucha gravilla. Poco a poco, el tráfico va aumentado y de los dos o tres carriles pasamos a seis. Señal inequívoca de que voy por buen camino. En un momento dado, los carteles de la capital desaparecen y entro en un enjambre de pequeñas ciudades satélite con nombres cada vez más rocambolescos. Me doy cuenta que debería haber memorizado o escrito en un papel el orden a seguir, pero ya es demasiado tarde para eso. Me guío por intuición y paro a preguntar de vez en cuando. Al final, en medio de una gran avenida con el mismo nombre de la carretera principal que salía de Chumphon, un conductor de mototaxi me dice que ya he llegado. La verdad es que esperaba mucho más tráfico y que fuera más difícil. El siguiente paso es acercarme a Khaosan road. Me dicen que voy en dirección contraria, así que giro y vuelvo por dónde he venido. Tengo que encontrar una estatua ecuestre de uno de sus reyes, pero por más que avanzo no la veo por ningún sitio. Paro varias veces más y un simpático cliente del Seven Eleven me lo dibuja en el mapa. Salgo como un rayo, pues tengo ganas de llegar y darme una ducha. En el furor de mi arrancada pierdo el mapa, no dándome cuenta hasta algún tiempo después. El tráfico va aumentado a medida que me interno más y más hacia el centro de la ciudad. Roxana se comporta bien, aunque creo que el cambio vuelve a tener algo de juego. Sin duda necesitará una pequeña revisión antes de embarcar. Afortunadamente, tantos años de experiencia conduciendo motos por Barcelona me resultan muy útiles en estos momentos. Es bastante parecido a la hora punta en cualquier calle del Eixample, aunque obviamente aquí no respetan los carriles ni la prioridad de paso. Yo me adapto rápidamente y cuando me paso de largo el puente que me habían indicado, no dudo en volver en dirección contraria y acometerlo por la acera. No tengo claro hacia dónde voy pero sigo y sigo. Hace ya algún rato que ha oscurecido y las ganas de llegar me pueden cada vez más. Pronto a desesperar, reconozco una de las calles por las que fui andando hasta la estación. Aquél día no le vi la utilidad a tamaño despropósito, pero hoy llega como una especie de bendición. Sigo el camino y en sólo quince minutos me encuentro entre las concurridas calles del famoso barrio turístico. Otra vez, sudado, aunque no quemado, cansado pero feliz. La etapa prólogo toca a su fin.

jueves, 3 de mayo de 2012

Primera etapa prólogo. Chumpon-Hua Hin.

Primera etapa prólogo. Chumphon- Hua Hin. 300 km 1'5 depósitos 7 horas 68 km/hora promedio. Las primeras impresiones de la jornada son las siguientes:
La moto se calienta durante el día, al igual que yo, que me quemo aunque use crema solar factor 50. Definitivamente, tengo que hacerme con una camisa de manga larga, aunque ello implique pasar más calor.
Mejor viajar en las primeras horas de la mañana o cuando cae el sol. Aunque tengo que decir que por primera vez estoy de acuerdo con las guías, conducir de noche es mucho más peligroso. Los tailandeses tienen una extraña y arraigada costumbre; conducir por el arcén sin importar que sea por el carril contrario. Huelga decir en su defensa, que muchas veces estos están en mejor estado que las propias carreteras y si no fuera por los cocos y las piedras, que a menudo tienen el tamaño de un balón de fútbol, diría que es el mejor sitio por el que uno puede conducir su motocicleta. Dicho lo dicho, he de decir que lo había visto hasta ahora en vehículos de dos ruedas, pero hoy por hoy, puedo afirmar que lo hacen los coches, las pick ups y también los camiones. Uno de éstos últimos sin luces, ya caído el día.
Otras curiosidades de la jornada en la carretera son: un accidente, una pick up se despeñó por la mediana de la carretera, un perro chafado, probablemente hace semanas y que nadie se molestó en retirar y tres controles policiales. ¡Y todo ello en tan sólo 300 km!

La gente que he encontrado por el camino se ha portado maravillosamente conmigo. He comido el mejor green curry en meses, por sólo 30 baths, en un puesto de carretera en el que pude comprobar que al alejarse de los destinos turísticos, es difícil hablar inglés. Un conductor tailandés se ha sentado a comer conmigo. Intercambiamos cuatro palabras y nos comunicamos por el idioma universal de los signos y las sonrisas. Lo invité a fumar. El correspondió con un saludo y nos despedimos deseándonos suerte. Después proseguí mi camino, con la anécdota de una familia muy simpática que me encontré al repostar. Hacían toda clase de preguntas y reían sin parar. Llegué a Hua Hin sobre las 21:30 de la noche, después de pasar casi todo el día en la carretera. 

Ahora estoy en casa de Joy, con su familia y Sammer. Nos cuenta que es su casa de veraneo, consistente en diferentes habitaciones, todas en planta baja que rodean la cocina, junto a una especie de hall que hace las veces de salón. Las foto de su padre, y la de los reyes presiden la estancia. Conocemos a la madre, una mujer que se desvive por mostrar su hospitalidad, a dos primas y a su hija, que vive cerca de Bangkok con una de ellas. Me reencuentro con su hermano Jack, al que conocí en Koh Tao, un tipo gracioso y muy honesto, aparte de un gran aficionado a la guitarra. Aquí descubro que él también es policía, ni más ni menos del Departamento de Inmigración. Cuesta imaginar un personaje con tanta sensibilidad artística trabajando de policía en nuestra encorsetada Europa. La hija de Joy, Cha Cha, es una hermosa mujercita de siete años. Como todos los niños de su edad le encanta jugar con los video-juegos de los teléfonos digitales, pero también nos muestra sus habilidades con la danza y nos hace saber que desea ser bailarina, provocando nuestras carcajadas y aplausos de admiración.
Es sorprendente ver como los chiquillos, al contrario que los adultos tienen tan claros sus sueños. Una vez más, queda demostrada la importancia de saber conectar con el niño interior. Me duermo mientras pienso en la suerte que he tenido de conocerlos y medito sobre mi primera jornada en el camino; 
He disfrutado de unos paisajes estremecedores, estoy quemado, reventado, con el culo roto. Pero contento y feliz, por correr en pos de mi destino.


miércoles, 2 de mayo de 2012

Koh Tao


Roxana la primera vez que la vi. Aún pertenecía a sus antiguos dueños pero el flechazo fue instantaneo.



Big Boss Joke.
Gracias a Joke y Joy, por empadronarme en su domicilio y por intervenir en la negociación de la compra de la moto.

Angels!!!
Cuando todo parecía complicarse desde un principio aparecieron surgidos de la nada Phopon y Care, dos funcionarios de tráfico que hicieron lo imposible por ayudarme. Gracias amigos.


 Fairy Goodmother Joy!!!

Mucho más que una amiga, gracias a la intervención de Joy, mi hada madrina particular, las gestiones para el cambio de nombre en tráfico dan su resultado. ¡Roxana ya es mi compañera!




New look!!!
Unas pequeñas modificaciones, un look más aventurero y al mecánico, a revisarla para que esté en condiciones de afrontar el largo camino.







Steve, Stevebikes, Koh Tao.
Steve es un mecánico de Liverpool que hace años se afincó en Koh Tao. Además es un gran luchador de Muay Thai que infunde mucho respeto. Con él me puedo entender a la perfección y preguntarle cualquier duda sobre Roxana.

Mandando una ofrenda a los Dioses para que nos protegan durante el viaje.